Cuando trabajaba en el azulejo, tuve múltiples y diferentes tipos de clientes, pero había uno único e inigualable. Era un francés de la zona de Bayona, bajito, gordo, barbudo y cabezón. Le apodaban el "nain de jardin" (lo que traducido equivale + o - a gnomo).
El tenía una tienda o mejor dicho un hangar en el que vendía azulejos. Compraba poco y pagaba mal. Trabajar con el era un engorro pues siempre me tocaba negociar con los de finanzas para que le dejasen comprar mercancía pese a debernos dinero.
Era tan desastre en sus pagos, que los transportistas no le querían servir con lo que le tocaba bajarse del País Vasco Francés a Castellón a recoger sus pedidos.
Un viernes que estaba yo por fábrica, habíamos quedado en que él pasaría a recoger un pedido por la mañana. En eso que sobre las 11:00 me llaman al móvil:
Desconocido: ¿Es usted Juan Llorca?
Yo: Si
Desconocido: ¿Trabaja usted en Ceramicas Diago?
Yo: Si, ¿con quién hablo?
Desconocido: Verá usted, soy sargento de la Guardia Civil y hemos parado a un señor que dice conocerlo. Se llama Puyo, ¿lo conoce?
Yo: ¡Ah!, si, ¡claro! Es cliente mio y lo estoy esperando. Hemos quedado aqui en Castellón. ¿Le ha pasado algo?
Desconocido: Verá usted es que este señor no habla español. No lleva ni su documentación ni la del coche. Tiene un coche destartalado y hecho una pocilga. Y además como viene con matrículas del pais vasco francés...pues nos ha resultado un poco sospechoso.
Yo: Vaya, si. Desde luego es un hombre peculiar y muy despistado, pero no es ningún etarra. Le garantizo que es cliente mio de toda la vida y que hemos quedado hoy para que se lleve un pedido de azulejos.
Tras seguir conversando con el agente, tuvo suerte y al final lo dejaron ir. Y al cabo de 2 o 3 horas llegó a fábrica. En efecto su coche era un trasto viejo, sucio y cochambroso, y era tal el desorden y la porquería que había en el interior del coche que no me sorprendió que lo pararan.
Como llegó sobre la hora de comer y para ayudarle a sobreponerse del susto, le invité a comer. Ese fue un grave error pues sin duda alguna fue la comida más desagradable en la que he tenido que estar. Y es que al pobrecito hacía poco un cliente cabreado le había pegado un puñetazo en la boca. Con tal mala suerte, que le saltó uno de los dientes de delante. Al hablar no se le notaba pero cuando comía, el diente se le caía, con lo que la comida se le salía, pero lo evitaba metiendosela con la punta de la lengua. ¡QUÉ HORROR!
Indudablemente no era su culpa, y bastante apuro pasó él pero fue una experiencia extremadamente desagradable.
domingo, 15 de junio de 2008
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